miércoles, 7 de septiembre de 2011

Alan, el perro, la bruja y el ropero

No creí que un gran pensador como Alan García, nuestro inteligente y humilde ex presidente pudiese afectar de modo tan dramático y directo la vida de tantas personas; todo empezó cuando se publicó su notable ensayo acerca del perro del hortelano, aparentemente fue allí donde se acuñó la frase “poner en valor” y se concibió como una necesidad la de enajenar los bienes nacionales en favor de un mejor manejo de estos.

Hasta ahí todo bien, los problemas empezaron cuando observé una serie de conductas extrañas en mi novia de aquel entonces, la dulce Brenda Liz, para empezar citaba el ensayo para cada cosa, aún cuando a mi juicio no era aplicable; la alarma debió sonar cuando vimos que unos amigos hacían negocio con sus hijos, los niños eran muy hábiles y graciosos para la danza, entonces sus padres, en lugar de hacerlos participar en certámenes, concursos y demás, se los dieron a otra pareja, la que lograba ingresos económicos por la participación de los niños; de los que daba un porcentaje a sus padres, esto me pareció indignante, se lo comenté a Brenda Liz, la que con un tono autoritario que luego identifiqué como imitación del estilo pontifical de Alan, me dijo:
-Pero esos niños están dando dividendos a sus padres. A lo que contesté:
-Pero los están alquilando-, y ella retrucó:
-Alquilando no, ¡con-ce-sio-nan-do!
Ya lo dije, debió sonar mi alarma interna, debí ponerme en alerta, pero no lo hice, mi confianza e imprevisión pudieron más, lo tomé como una salida ingeniosa, más que como un argumento de peso, no volvimos a tocar el tema.

Poco tiempo después, Brenda Liz empezó a ostentar dinero que yo sabía no podía ser fruto de sus ingresos ordinarios, pensé en un aumento del que no me enteré, o en horas extras que no me comentó, pero la observación de su conducta me desmintió esas posibilidades; la observé más de cerca y con más acuciosidad para llegar a conocer la fuente del dinero extra, nunca debí hacerlo, me llevé la sorpresa más desagradable de la vida (de la vida de ella y de la mía); una mañana en la que Brenda Liz no me esperaba aparecí en nuestro nido de amor, en horas en las que ambos debíamos estar trabajando; cuando metí la llave en la cerradura me dí cuenta de que ella estaba en casa, pensé lo peor, pero deseché el pensamiento de inmediato, tratando de ser positivo y confiar en la gente; seguí entrando en el depa, y al llegar al dormitorio sentí jadeos, ruidos rítmicos como los de una pareja en el acto sexual; todavía incrédulo toqué la puerta, luego de ruido de barullo me contestó:
-¿Siiii?-, como si no supiera quién tocaba, pese a que el único podía ser yo, le dije:
-Soy yo amor.
-Espera- contestó, y luego de 15 segundos interminables me abrió la puerta; dí un vistazo rápido y llegué a la triste conclusión de que mi dulce Brenda Liz, ¡la muy bruja maldita!, estaba en el depa con otro hombre, y que éste se escondía en el ropero; me dirigí como un rayo a la puerta de éste y lo abrí de par en par, no salió un hombre, salieron dos tremendos zambazos calatos, que daban envidia, tenían cara de culpables, pero con la pinta que tenían y su tamaño (o sea estatura, no se malentienda) ni cómo hacerles la bronca, así que me alejé de ellos y me acerqué a ella, la miré con todo el odio del que fui capaz, le dije:
-Eres una bruja, ahora entiendo de dónde tenías más dinero, ¡¡estás puteando!!
Me miró con cara de congresista o ministro aprista cuando hablaban de concesiones o puestas en valor, y con la misma vocecita con la que Mechita Araoz hablaba del TLC respondió:
-Entiende, me estoy poniendo en valor, necesitábamos más ingresos.
Al borde del llanto por cólera dije:
-¡Pero te estás vendiendo!
Entonces la vi en su real identidad, entonces comprendí que era una bruja casi tan mala como Martha Chávez cuando me dijo:
-¡Eres un cojudo!, yo no me vendo, ¡¡me alquilo!!

Pasados los días he llegado a comprender mi error de apreciación, y a tener la certeza de que este fue un hecho inevitable, estaba en las leyes intrínsecas de la naturaleza misma, el libre mercado había decretado ya que los valores (¡y qué valores!) de Brenda Liz, se pusieran en valor; suena redundante, no lo es, Alan no pudo haberse equivocado. Por mi parte, aunque algo cabizbajo, cariacontecido y meditabundo, tengo más plata en el bolsillo, y eso es lo importante. Ah, lo olvidaba, Brenda Liz está embarazada, así que debo ir viendo los posibles nuevos concesionarios; aunque con esto de la ley de consulta previa ya me entraron ciertas dudas.

Moraleja: Si lo tienes véndelo.


Eros Vaca Charles
Analista de heces

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