Walter Oyarce murió víctima de la violencia, que no es patrimonio exclusivo de los estadios, que no es practicada solamente por los hinchas, o las barras bravas, y no se circunscribe a las actividades masculinas; violencia que todos, (si señor, señora, señorita, niña, niño, todos) practicamos y sufrimos todos los días; porque es violencia arrojar a alguien desde el palco, para matarlo, pero también lo es decir «un hombrecito no más» a un hombre cholo, así como detener a dos ciclistas porque parecían delincuentes (eran cholos), o regodearse publicando en primera plana siempre las violaciones y asesinatos. Violencia también es decir «cuidado con los cachos» a quien baja de la combi, o «indio de mierda» al cobrador o al chofer; por supuesto también saltarse la cola, y cómo no, utilizar la vereda para estacionar el auto, sin dejar paso a los peatones, (¿qué puede importar la gente de mierda al lado de mi auto?); lo mismo ocurre con el toque de bocina al de adelante, porque el que toca cree que ya es hora (aún está en rojo), o porque le parece que un centésimo de segundo luego de cambiar la luz ya todos debían haber arrancado; son violentas las bellas damas al volante, mentando la madre con su bocina a todo aquel que ose no adivinar sus sagradas intenciones, y los venerables ancianos, a los que les importa tres carajos el crucero peatonal, y ¡ay de aquel que les reclame!
Son violentas las expresiones, «ubícate» (yo soy superior, no pretendas ser igual a mi), «igualado» (ídem), la calificación de «cojudez» a los derechos humanos, las apologías de la pena de muerte, de la ley del talión, los «piropos» subidos de tono, la cultura de tropel, que se practica cuando se es mayoría apabullante, como en los cruces peatonales de Jirón de la Unión, donde el peatón se convierte en tirano, quizá cobrando venganza por lo que ocurre en tantos sitios imposibles de cruzar sin riesgo pese a tener semáforos.
Ivo Dutra murió víctima de la violencia, porque una carrera de combis, cúster o micros no es solo por los pasajeros y unos cuantos soles, es por el «honor», es por por ser más que el otro, por «cagarlo», y en su desarrollo abundan las cerradas, mentadas de madre y accidentes, fruto de la adrenalina y la testosterona, que obliga a muchos a escupir una verde flema cada treinta pasos, para verse más violentos.
Podríamos llenar páginas y páginas con ejemplos de la violencia que vivimos, que subyace a casi todas nuestras actividades, y si hacemos un recuento histórico; antes de las barras bravas, ¿no estaba sendero?, ¿no son unas la continuación del otro?, ¿y antes de sendero, las dictaduras?, ¿y más atrás, los gamonales?, ¿la oligarquía abusiva y casi analfabeta?
La muerte de Walter Oyarce se está tratando como un hecho estrictamente policial, o como vinculado nada más que al deporte; una publicación en Internet exponía un alegato, según el cual, este hecho no era importante, comparado con la muerte de los niños intoxicados en Cajamarca; pero si la analizamos políticamente, es una confirmación de que la violencia no se fue, ni acaba de llegar, siempre estuvo aquí, los que dicen que Fujimori pacificó al país deberán admitir que en su gobierno se derrotó militarmente a sendero, pero ni por asomo eso representó la pacificación; lo señalaron muchos en su momento, las causas de la violencia seguían allí, siguen aún, y no se van a ir prohibiendo el público en los estadios, o reinstaurando el servicio militar obligatorio; son estructurales.
Pero las estructuras no se cambian de un día para otro; mientras tanto, ¿quién tiene la receta?, no lo sé, pero creo que nos involucra a todos, y no es cuestión de pasacalles y conciertos, es el día a día, en todos los actos y todo el tiempo, es tomar conciencia, y ser militante, y refutar enérgica y abiertamente lo que identifiquemos como parte de la espiral de violencia.
La pena de muerte no cabe, y ni siquiera se acerca a ser una solución, está estudiado y comprobado que no es disuasiva; además de poner al estado en el mismo nivel moral de los asesinos. Si el estado tiene catadura moral de asesino, ¿cuál es el paradigma?, ¿dónde está el norte?; no lo habría; el estado debe demostrar superioridad moral en la práctica, y eso configurará un norte. Hacer que el estado sirva y sea ejemplo; hasta hoy no se había logrado, tal vez ni siquiera intentado, pero creo que soplan nuevos vientos; ¿podremos hacerlo?
Leonel Fuentes Avila
Son violentas las expresiones, «ubícate» (yo soy superior, no pretendas ser igual a mi), «igualado» (ídem), la calificación de «cojudez» a los derechos humanos, las apologías de la pena de muerte, de la ley del talión, los «piropos» subidos de tono, la cultura de tropel, que se practica cuando se es mayoría apabullante, como en los cruces peatonales de Jirón de la Unión, donde el peatón se convierte en tirano, quizá cobrando venganza por lo que ocurre en tantos sitios imposibles de cruzar sin riesgo pese a tener semáforos.
Ivo Dutra murió víctima de la violencia, porque una carrera de combis, cúster o micros no es solo por los pasajeros y unos cuantos soles, es por el «honor», es por por ser más que el otro, por «cagarlo», y en su desarrollo abundan las cerradas, mentadas de madre y accidentes, fruto de la adrenalina y la testosterona, que obliga a muchos a escupir una verde flema cada treinta pasos, para verse más violentos.
Podríamos llenar páginas y páginas con ejemplos de la violencia que vivimos, que subyace a casi todas nuestras actividades, y si hacemos un recuento histórico; antes de las barras bravas, ¿no estaba sendero?, ¿no son unas la continuación del otro?, ¿y antes de sendero, las dictaduras?, ¿y más atrás, los gamonales?, ¿la oligarquía abusiva y casi analfabeta?
La muerte de Walter Oyarce se está tratando como un hecho estrictamente policial, o como vinculado nada más que al deporte; una publicación en Internet exponía un alegato, según el cual, este hecho no era importante, comparado con la muerte de los niños intoxicados en Cajamarca; pero si la analizamos políticamente, es una confirmación de que la violencia no se fue, ni acaba de llegar, siempre estuvo aquí, los que dicen que Fujimori pacificó al país deberán admitir que en su gobierno se derrotó militarmente a sendero, pero ni por asomo eso representó la pacificación; lo señalaron muchos en su momento, las causas de la violencia seguían allí, siguen aún, y no se van a ir prohibiendo el público en los estadios, o reinstaurando el servicio militar obligatorio; son estructurales.
Pero las estructuras no se cambian de un día para otro; mientras tanto, ¿quién tiene la receta?, no lo sé, pero creo que nos involucra a todos, y no es cuestión de pasacalles y conciertos, es el día a día, en todos los actos y todo el tiempo, es tomar conciencia, y ser militante, y refutar enérgica y abiertamente lo que identifiquemos como parte de la espiral de violencia.
La pena de muerte no cabe, y ni siquiera se acerca a ser una solución, está estudiado y comprobado que no es disuasiva; además de poner al estado en el mismo nivel moral de los asesinos. Si el estado tiene catadura moral de asesino, ¿cuál es el paradigma?, ¿dónde está el norte?; no lo habría; el estado debe demostrar superioridad moral en la práctica, y eso configurará un norte. Hacer que el estado sirva y sea ejemplo; hasta hoy no se había logrado, tal vez ni siquiera intentado, pero creo que soplan nuevos vientos; ¿podremos hacerlo?
Leonel Fuentes Avila
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